Hemos hecho de la vida algo complicado, hemos transformado la relación con los niños en una vivencia llena de miedos y pretensiones, y hemos creado un sistema escolar donde la alegría de la vida, del crecer y del aprender han sido substituidas por un sinfín de quehaceres donde todo el mundo está estresado, y lo esencial no tiene espacio. Y este modelo, en una sociedad que cambia a una velocidad trepidante, cada vez tiene menos sentido.
Reconocer la paz que somos, contactar con ella, y regresar a ella en el momento en que percibimos que la mente ha sido atrapada en un flujo de separación, es la tarea educativa más importante que podemos llevar a cabo con los niños y jóvenes.
Es una paradoja, porque las criaturas más pequeñas ya están ahí. Los niños pequeños no buscan “sentido” a la vida, porque la viven de manera intensa, y sus ojos reflejan la alegría que son. Ellos son los más cuerdos, en esta sociedad de alienados. Y, en cambio, son ellos los que son objeto de infinidad de métodos para cambiarlos, y traerlos a nuestro mundo de separación, juicio y sufrimiento.
Lo más fundamental que una escuela puede hacer para favorecer un futuro más humano es centrarse en acompañar los procesos de vida de los niños en el presente. El aquí y ahora está lleno de todo lo necesario para aprender a vivir. La convivencia en los espacios educativos aporta todas las experiencias necesarias para el desarrollo de las cualidades humanas esenciales.
Lo esencial no se puede dar ni enseñar, pero se puede percibir, si el adulto se entrega a vivirlo.
Comenzar por uno mismo, ese es el camino de la educación viva.
Jordi Mateu

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